Blog · Desde el Self 6 min de lectura

La muerte no existe: la niña que descubrió que nunca había estado sola

Durante años pensé que todo el mundo hacía lo mismo mientras dormía. Creía que era un juego. Mucho tiempo después descubrí que otros lo llamaban viaje astral.

Yo no esperaba que llegara la noche para dormir. La esperaba porque, para mí, era el momento de volver a un lugar que siempre había sentido como mi hogar. Dormir era mi momento favorito del día.

Tenía alrededor de cuatro años cuando comenzaron los recuerdos más claros. Primero sentía que mi cuerpo se volvía completamente inmóvil. No era una sensación desagradable; al contrario, era la señal de que algo maravilloso estaba por comenzar.

Después llegaba un pitido muy agudo que llenaba mis oídos. Era intenso, como un sonido continuo que anunciaba que había llegado el momento. Mi cuerpo vibraba ligeramente y yo sabía exactamente lo que significaba.

Ya era hora.

A veces sacaba primero la cabeza, como quien se asoma por una ventana. Otras veces, simplemente abría los ojos y ya estaba flotando cerca del techo de zinc de la casa donde crecí. Miraba hacia abajo y veía a esa pequeña niña dormida en la cama.

Luego iba a ver a mis padres. Ellos también flotaban sobre sus cuerpos mientras seguían durmiendo. Había un cordón que los unía a ellos y, con la lógica sencilla de una niña, pensé que estaba ahí para que el viento no se los llevara.

Intentaba no hacer ruido. Estaba convencida de que, si me escuchaban, me regañarían por andar despierta a esas horas.

Salir de la casa era toda una aventura. Las paredes de madera eran difíciles de atravesar; sentía que me detenían, como si ofrecieran resistencia. En cambio, el techo de zinc era mucho más fácil, así que casi siempre elegía salir por arriba.

Y entonces comenzaba mi verdadero recreo.

Durante muchos años pensé que todos los niños hacían lo mismo. Nunca se me ocurrió que aquello pudiera ser diferente. Mi mundo comenzaba cuando el resto de la casa dormía.

Afuera todo estaba vivo. No es una metáfora. Podía verlo.

Desde la base de los árboles nacía una especie de fuego verde que ascendía lentamente por sus troncos hasta aproximadamente la mitad del árbol. Era como observar la vida circulando delante de mí. Los árboles jugaban conmigo.

También había pequeños seres que trabajaban cerca de la tierra. Eran diminutos, con aspecto de niños y rostros adultos. Siempre estaban ocupados, moviendo la tierra, cuidándola. Algunas noches me regalaban flores o piedras que, para ellos, parecían tener un significado especial.

El suelo tampoco era como lo vemos cuando estamos despiertos. Todo estaba conectado por vetas doradas que recorrían la tierra como si fueran raíces de luz. A veces esas vetas se unían y formaban un río de luz líquida: dorado, brillante, vivo.

Se extendía delante de mí como un camino y me llevaba exactamente hacia donde mi corazón deseaba ir. No tenía que dirigirlo con la mente. Bastaba sentir.

El viento también parecía estar vivo. No era simplemente aire. Era una presencia que me sostenía y me llevaba de un lugar a otro con una facilidad imposible de explicar.

Había pequeños seres luminosos, parecidos a luciérnagas con alas, que a veces me acompañaban cuando iba demasiado rápido y me ayudaban a regresar a los grandes eucaliptos que crecían cerca de mi casa.

Nunca tuve miedo. Jamás me sentí sola.

Una noche le hice una pregunta al Ser que siempre estaba conmigo. No sabía quién era. Solo sabía que siempre aparecía.

—¿Quién eres para mí? —pregunté.

La respuesta no llegó como una voz que escuchara con mis oídos. Fue una comunicación directa, de corazón a corazón, tan completa que una sola frase parecía contener mucho más de lo que las palabras podían expresar.

"Soy tú cuando vives desde el corazón. Ahí es donde también existo yo."

Después añadió algo que solo muchos años más tarde pude comprender plenamente:

—Y cuando sientes desde el corazón, yo también vivo a través de ti.

Durante toda mi vida, cada vez que me he alejado de ese lugar, esa presencia ha encontrado la forma de recordarme quién soy.

Cuando tenía unos seis años decidí demostrarle a mi mamá que aquello no eran sueños. Ella siempre me decía que no me preocupara, que algún día se me pasaría. Pero yo sabía que no estaba soñando.

Una tarde me acosté mientras ella conversaba con una de mis tías en otra habitación. Me costaba mucho más descansar de día, porque la luz del sol mantenía mi cuerpo despierto, pero esa vez lo conseguí.

Salí de mi cuerpo. Fui hasta la habitación donde estaban hablando. Escuché toda la conversación.

Después regresé, volví a entrar en mi cuerpo, caminé hasta la cocina y repetí palabra por palabra lo que habían dicho.

Mi mamá me miró sorprendida. —Eso es imposible —me dijo—. Yo te vi dormida. Tu hermano estaba en la sala. No pudiste haber escuchado nada.

Entonces le respondí con la naturalidad de una niña: —¿Ves, mamá? No eran sueños.

Ella sonrió, me abrazó y trató de tranquilizarme: —Ya se te va a pasar cuando crezcas.

No se pasó.

Con los años aprendí a entrenarlo, a comprenderlo y a vivirlo de otra manera. Pero esa ya es otra historia.

Mucho tiempo después, cuando tenía catorce años, conocí a una amiga que puso nombre a aquello que había vivido desde niña.

—Eso se llama viaje astral.

Era la primera vez que escuchaba esas palabras. Hasta entonces, simplemente había sido mi forma natural de experimentar la vida.

De todas aquellas noches me quedó una certeza que la vida terminaría confirmándome muchas veces.

"La muerte no existe. Lo que llamamos muerte es un cambio de frecuencia."

Eso no significa que el duelo no exista. La ausencia duele. Extrañamos un abrazo, una voz, una mirada, una historia compartida. Todo eso merece ser llorado.

Pero, para mí, la consciencia nunca dejó de existir. Quizá por eso jamás pude ver la muerte como un final. Solo como una transformación.

Hoy no comparto esta historia para convencer a nadie de que crea lo mismo que yo. La comparto porque fue mi experiencia. Y porque, con el paso de los años, comprendí que lo más importante no eran los viajes, ni los seres, ni los lugares que conocí. Lo verdaderamente importante era aquello que intentaban enseñarme desde el principio.

La consciencia no es algo que se alcanza. Es algo que se recuerda.

Claudia Alejandra Aguilar PSA Lightwork · Metodología Self-Presente

Un recuerdo de infancia, escrito tal como lo viví. Abril de 2014.

Siguiente paso

Recordar también se acompaña.

Si algo de esta historia resonó contigo, quizá sea momento de escuchar tu propio proceso. Las sesiones son un espacio para eso: volver a lo que ya sabías desde el principio.

Ver sesiones y precios